Pascua Confirmación. Día 4 – La Resurrección

Jesús ya no está.
El sepulcro está vacío. Y los que lo seguían, los que lo amaban, se sienten solos. Perdidos. Después de todo lo vivido… la cruz, el silencio, la muerte… ¿Ahora qué?
Es fácil imaginar a María Magdalena, a los discípulos, al amanecer del domingo… con el corazón roto, con preguntas que duelen. Pensaban que todo había terminado. Que el amor había sido derrotado. Que la historia de Jesús había llegado a su punto final.
Pero no.
Ese sepulcro vacío no es señal de ausencia. Es señal de algo nuevo, poderoso, inesperado. Jesús ha resucitado. Y aunque al principio no lo reconocen, aunque el miedo todavía los rodea… Él vuelve. Se hace presente. Y con su presencia, todo cambia.
Porque cuando el amor es real, ni la muerte puede detenerlo.
Hoy, Domingo de Resurrección, no celebramos un final feliz como en una película. Celebramos algo más profundo:
Que, en medio de la oscuridad, la luz siempre vuelve a brillar.
Que, en medio del dolor, la esperanza tiene la última palabra.
Que el amor, el de verdad, es más fuerte que la muerte.
Jesús resucitado no se queda en la tumba.
Sale a buscarte.
Te llama por tu nombre, como a María Magdalena.
Se hace el encontradizo en tu camino, como con los discípulos de Emaús.
Se mete en tus dudas, como con Tomás.
Y te envía, como a todos ellos, a vivir con alegría, con sentido, con fuego en el corazón.
Así que sí: el sepulcro está vacío. Y eso es lo mejor que nos podía pasar. Porque significa que la vida ha vencido. Y que no estamos solos nunca más.

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