Álvaro de la Cruz-Dombriz, antiguo alumno del centro, dedica unas palabras a nuestro querido P. Juan Carlos, su profesor.
Las palabras hoy no alcanzan para expresar la tristeza egoísta de la orfandad que nos deja Juan Carlos. Se van con él – muy tristemente – muchos de los conocimientos que, hace ya más de veinticinco años, me y nos transmitió. Hoy, la oscuridad de mi ignorancia se acrecienta y la sombra de conocimientos ya, para siempre, perdidos, unida a la vida terrena extinguida, me perturba. Yo no sabría casi nada de Historia Universal, nada de Latín – cuyos libros de segundo de BUP tengo hoy mismo en mi despacho – ni las jambas de la Historia de la Música – Palestrina, Haendel, Bach, Mozart, Beethoven – se me habrían abierto, si no hubiese sido por la inmensa semilla plantada por Juan Carlos.
Uno pertenece al lugar donde hace el bachillerato suele decirse. A esa máxima, en muchas generaciones de nosotros, Juan Carlos anudó la pertenencia a nuestro colegio con un altísimo rigor intelectual y una cierta idea del ser humano – humilde medida de todas las cosas – peregrino en la Tierra y al que ningún – ningún – saber habría de serle ajeno. Dionisos y Apolo convivían en él con la misma naturalidad que para los antiguos.
Y sin embargo, Juan Carlos era también un cura de pueblo, como sacado de una película neo-realista italiana, capaz de dialogar con sus feligreses en las largas tardes de verano sobre las cosechas por venir, y de citar sin pestañear a los clásicos como si se tratase de lo que le dijo un vecino cualquiera en el mercado. Tuve la suerte de recibir la Confirmación de sus manos, de hacer mis votos matrimoniales con él como oficiante – nos decía entonces que amar no es lo mismo que querer -, y de que mi hija Carlota recibiera el Bautismo de Cristo de su ronca voz.
Solía Juan Carlos decir que de volver a nacer, lo haría en el Renacimiento. Ya estará pues dialogando con otros genios de esa humanidad – mediterránea, melómana, filántropa, clásica, cosmopolita, viajera y políglota – que irradiaba. Es fácil imaginarlo hoy mismo caminando por el Panteón y el Foro de Roma, por la Acrópolis ateniense, por las calles de Alepo y Babilonia, por las ciudades precolombinas, por la biblioteca alejandrina e incluso, no tan perdido en el laberinto cretense.
A él podrían – y deben – aplicársele las palabras de Cicerón: vero testis temporum, lux veritatis, vita memoriae, magister vitae, nuntio vetustatis [testigo del tiempo, luz de la verdad, vida de la memoria, maestro de la vida, mensajero de la antigüedad]. Sit tibi terra levis, Juan Carlos.
Dr Álvaro de la Cruz-Dombriz (PhD). Senior Lecturer en la Universidad de Ciudad del Cabo, Investigador Distinguido «Beatriz Galindo» en la Universidad de Salamanca y Presidente de la Asociación de Científicos Españoles en el Sur de África

